Mi esperanza depende de ti


Puede resultar curioso. Pero la vida es así.
El trigo depende de las manos del sembrador. Sin alguien que siembre no tendremos trigales maduros.
Y la harina depende de un molino. Sin el molino los granos no se hacen harina.
Algo parecido nos sucede a nosotros.
Somos, porque alguien decidió tener un hijo.
Hemos nacido, porque nuestra madre nos gestó nueve largos meses.
Nos sentimos bien, porque alguien nos ama y nos quiere.
Los triunfos nos ilusionan, porque alguien nos aplaude y admira.
Lo que acontece cada día dentro de nosotros, depende en gran parte, de la actitud que los demás han manifestado hacia nosotros:
            Nos sentimos bien, porque nos sentimos amados.
            Nos sentimos seguros, porque alguien se ha fiado de nosotros.
            Nos sentimos importantes, porque alguien nos ha valorado.
Nos guste a no, todos vivimos dependientes los unos de los otros.
Los otros no son algo indiferente en nuestras vidas.
Los otros son algo importante para nuestra salud sicológica.

Comentando a Antonio Machado, Olegario González de Cardedal escribe:
“Dependerá de las posibilidades que el prójimo nos mantenga abiertas, el que para nosotros prevalezca el miedo o la esperanza.
“La dimensión trágica de la condición humana consiste en que para cada uno de nosotros sólo nos es realmente posible aquello que un prójimo cercano nos haga sentir como deseable y nos acerque como real.
“Sin la sonrisa de una madre, no es posible la confianza en la vida por parte del niño.” (Cuatro poetas desde la otra ladera pág. 339)

Y Juan Pablo II escribe:
“El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente”. (R.H. n.10)

De alguna manera todos somos responsables de lo que acontece en los demás.
El ambiente frío, nos hace sentir el cuerpo frío.
El ambiente con calefacción, nos hace sentir el calor.
La fe que los demás tienen en nosotros nos hace sentirnos más seguros.
El amor que los demás nos tienen nos hace sentir más a gusto con nosotros y con los demás.

Muchos de nuestros miedos los vamos asimilando del ambiente inseguro que nos rodea.
Muchas de nuestras desilusiones se nos van pegando a la piel por el ambiente positivo o negativo donde vivimos.
Allí donde todos hablan de “lo imposible” no será fácil creer que para nosotros es posible.
Allí donde nadie ve futuro, no será fácil descubrir bellos horizontes en nuestras vidas.

Una experiencia. La pobreza que rodeó mi niñez era como una pared que me impedía ver al otro lado. Cuando alguien me preguntaba ¿y tú qué quieres ser? mi respuesta era la misma: zapatero. Era lo único que yo veía posible, porque mi padre había sido zapatero. Hasta aquel día en el que un gran sacerdote me dijo de frente: “Sobrado, tú vales para religioso y sacerdote”. Ese día sentí que todas las vallas se habían caído. Y descubrí que el horizonte era bello y enorme. Que delante de mí ya no había imposibles. Y ahí comenzó mi camino.

Para crear el “habito de la esperanza”, se requiere tener a nuestro lado gente capaz de esperar sin cansarse.
Para crear “actitudes de esperanza”, es preciso que alguien nos haga sentir que más allá de las nubes que hoy nos ocultan el cielo, hay un cielo y un sol esplendoroso.
Para crear “fe y esperanza en sí mismo”, necesitamos que en torno a nosotros se nos diga “tú vales”, “tú sirves”, “tú puedes”.

Lo cual nos indica que, de alguna manera, todos somos responsables de que alguien siga esperando, a pesar de todo, o llegue a la desesperación prematuramente. Todos somos artistas de esperanzas. Y todos somos responsables de “desesperanzas”.

Clemente Sobrado C.P.

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