Quejarnos de la falta de luz


Me sucedió hace unos años. Suelo celebrar la Misa de 11 de la mañana. Y me sentí incómodo. Se me hacía difícil leer las oraciones del misal y eso que tiene letra bastante grande.
Durante el almuerzo comenté que en el altar había muy poca luz. Que era preciso poner más luz. Todos se me echaron a reír. Y alguno hasta se atrevió a decirme: ¿no habrá que ponerte ojos nuevos?
Al día siguiente fui a hacerme ver al Hospital de La Naval. Dieron mil vueltas y no había posibilidad de acomodarme las gafas. Llamaron al Dr. Loayza, quien me llevó a su consultorio. Me examinó y sin más: “Padrecito, aquí se queda”. “Tiene usted un desprendimiento de retina y además peligrosa”.

¡Qué cosas tiene la vida!
Yo quejándome de la falta de luz.
Y el que no tenía luz era mi ojo.
Yo pidiendo pusiesen más luz en el altar.
Y el médico dictaminando un desprendimiento de retina.
Yo exigiendo más luz fuera.
Y lo que necesitaba era un mejor ojo para ver.

La vida tiene esas cosas bien extrañas.
Siempre pensamos que el problema está fuera.
Y no nos imaginamos que el problema lo llevamos dentro.
Siempre pensamos que los otros son los culpables.
Y nos olvidamos que nosotros somos los responsables.
Siempre pensamos que la oscuridad está fuera.
Y no nos preocupamos de la oscuridad de nuestros propios ojos.

Pienso en esos hombres y mujeres golpeados por la vida.
Miran hacia fuera y todo lo ven imposible.
Y se olviden de que la imposibilidad la llevan ellos dentro.
Miran hacia fuera y todo lo ven oscuro.
Y se olvidan de que la oscuridad está en su corazón.
Miran hacia fuera y se imaginan que ya nada tiene sentido.
Y se olvidan que el sentido no está fuera, sino en el corazón.
Miran hacia fuera y creen que no vale la pena luchar.
Y se olvidan que la lucha está dentro de ellos mismos.
Miran hacia fuera y concluyen que no vale la pena seguir viviendo.
Y se olvidan que, lo que da ganas de vivir, lo llevan en el corazón.

No es cambiando las cosas, que la vida adquiere nuevos colores.
Es cambiando las razones del corazón para que todo se vuelva hermoso.
No es cambiando las plantas del jardín, que el jardín es bonito.
Es cambiando los ojos del corazón lo que nos hace ver su belleza.

Por eso a la gente:
Más que cambiarles la vida, hay que darle razones para vivir.
Más que cambiarles la realidad, hay que crearle motivos para ver.
Más que cambiarlas de geografía, hay que cambiarles de corazón.
Más que aumentar la luz del ambiente, hay que operarles de retina.

Hay cosas que nosotros no podemos cambiar.
Pero siempre podremos cambiar de manera de ver las cosas.
Hay cosas que no dependen de nosotros.
Pero de nosotros siempre dependerá tener razones para amarlas.
Yo no podré evitar que llueva.
Pero siempre tendré un paraguas para no mojarme.
No podré apagar el sol del mediodía.
Pero siempre podré utilizar un buen bronceador para evitar que sus rayos me quemen.

Clemente Sobrado C.P.

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